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El alimento de los Dioses

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vacio El alimento de los Dioses

Mensaje por Golden Spirit el Dom 26 Mayo 2013, 13:58


¿Somos el Alimento de los Dioses?

¿Existen
entidades más evolucionadas que se alimentan de nosotros, de la misma
forma que nosotros lo hacemos con los animales y las plantas, sin que
éstos tengan plena conciencia de nuestra existencia? Tal vez sea este el
gran misterio de la ciencia esotérica humana y allende.

La
revolución de los brujos es que se rehúsan a honrar acuerdos en los que
no participaron. Nadie me preguntó si consentiría en ser devorado por
seres de otro tipo de conciencia. Mis padres sólo me trajeron a este
mundo para ser comida, como ellos, y ese es el fin de la historia.

Carlos Castaneda, El Lado Activo del Infinito

No
puedo imaginar nada más aterrador que ser el alimento de un depredador
invisible. Que incluso en este preciso momento, imposible de percibir
para el estado actual de mi conciencia, esté siendo devorado lentamente
por una entidad evolutivamente más elevada, que, de igual manera que
nosotros nos alimentamos de seres que concebimos como evolutivamente
inferiores, encuentre en mí el alimento necesario para sobrevivir y
posiblemente seguir escalando en la pirámide de la conciencia universal.

Pienso
en aquellas películas de terror que uno ve para sentir una sensación
muy particular, un rush existencial, en las que generalmente había un
asesino o entidad maligna que acechaba a los protagonistas (de los
cuales nosotros éramos sucedáneo). Este rol antagónico era más efectivo,
generaba más miedo, en la medida en la que era más indefinido, más
abstracto y metafísico. Es el horror cósmico de Lovecraft o los poderes
supernaturales de los personajes de Stephen King. Pienso que tal vez
este ascenso del terror en proporción a lo incognoscible, al misterio de
lo paranormal, tiene una profunda ancla en la mente colectiva de la
humanidad. Tal vez es un vestigio del mirífico atisbo de los dioses y
demonios que habitan el mundo –o al menos habitan la psique que
proyecta, sobre la cueva de lo real, una historia del mundo.

Nos
gusta pensar que en las dimensiones superiores de la evolución – si es
que no somos la cereza en el pastel , la obra maestra de la evolución (o
de Dios)— el universo de alguna manera se acomoda a una armonía en la
que los seres conscientes conviven pacíficamente, abriendo paso en la
escala cósmica sin obstaculizar el impulso ascendente de los que vienen
abajo. Dice el investigador esotérico Juán García Atienza:

La
realidad para el ser humano, está compuesta como una pirámide escalonada
en la que nosotros ocuparíamos la cúspide, abarcando todo cuanto sube
hasta nuestros pies y con el convencimiento de que, por encima nuestro,
todo el inmenso cielo pertenece a una sola divinidad protectora que nos
abarca y nos integra en su infinitud única e indivisible.

Ya sea
que imaginemos que somos un epifenómeno exclusivo de la evolución y que
no existe vida o conciencia por encima de nosotros en el desierto del
espacio; que creamos que arriba de nosotros solo existe más que la
legión divina, el cielo en su desnudez rutilante de fusión absoluta; o
que pensemos que existen seres más evolucionados –actualmente conjuramos
extraterrestres en mundos distantes—nos cuesta trabajo contemplar, con
seriedad, la posibilidad de que seamos el alimento, la energía, de una
especie íntimamente ligada con nuestra matriz de existencia, si bien
imperceptible. Dejamos esto a la especulación exorbitada de las
conspiraciones y de los freaks del new age, pero un análisis minucioso
de nuestra experiencia, mirando hacia abajo en la escala evolutiva, al
menos hace plausible teóricamente que existan entidades que no
percibimos del todo y que se alimentan de nosotros. De no haberlas, algo
que también es posible, sería, sin embargo, un caso completamente
excepcional.

En este punto quisiera detenerme brevemente para
aclarar que mi intención al explorar este tema no es crear una
conciencia paranoica ni tampoco revelar una epifanía metafísica.
Sinceramente, en lo personal, no tengo ningún tipo de evidencia de que
existan estas hipotéticas entidades más evolucionadas que, bajo la
elemental lógica de la pirámide alimenticia, podrían usarnos como
comida.
Mi inquietud nace solamente de una perspectiva teórica, de
que dentro de un esquema racional basado en la observación y en la
experiencia de lo que conocemos en este planeta es enteramente plausible
concebir la existencia de seres por encima de nosotros en la escala
evolutiva.
Es posible que, de existir, estas entidades hayan
evolucionado a un punto en el que no sea necesario alimentarse de
aquellas entidades inmediatamente inferiores –de alguna manera como
algunos seres humano se rehúsan a alimentarse de los animales. Podrían
alimentarse de xenón, luz ultravioleta, imprimir sus propios alimentos
en 5D o algo equivalente a la nanotecnología, por todo lo que sabemos.
Pero también es muy posible que, entre la multiplicidad de seres que
podrían haber evolucionado en este planeta o en otros proyectos de vida,
existan aquellos para los que los seres humanos somos apetecibles.
Incluso podrían existir entidades para los que somos más que una
delicatessen en el menú cósmico, somos una indispensable fuente de
energía en su dieta, quizás como uno de esos pollos transgénicos de
granja, especialmente crecidos para alimentar a poblaciones enteras.
Y
no necesariamente tendrían que alimentarse de nuestra carne, de la
misma forma que nosotros extraemos sustancias de algunas plantas o
usamos algunos minerales para alimentar nuestra tecnología, podrían
sintetizar a través de nosotros algún tipo de molécula, utilizarnos
(como ocurre en Matrix) como una batería o algo aún más arcano.

En
una de las pocas entrevistas en las que quiso hablar acerca de la trama
subyacente de su película 2001: Odisea en el Espacio, Stanley Kubrick
dijo:
Tales inteligencias cósmicas, evolucionando en conocimiento por
eones, estarían tan distantes del hombre como nosotros estamos de las
hormigas. Podrían estar en comunicación telepática instantánea a lo
largo del universo, podrían haber logrado la maestría total sobre la
materia y de esta forma se podrían transportar instantáneamente a través
de billones de años luz de espacio; en su última fase podrían abandonar
la forma física y existir como una consciencia incorpórea inmortal en
todo el universo.

Ciertamente estas inteligencias, dioses desde
nuestra limitada conciencia, podrían haber trascendido la biología y no
necesitar de alimento como lo conocemos. Pero entonces podría ser que se
“alimenten” de una comida mental, de la adoración, de la energía
psíquica o de otras formas sutiles de energía que podrían encontrar en
nosotros. Y estas inteligencias cósmicas podrían estar en los lugares
que menos esperamos. En su ensayo La Promesa de la Serpiente, Aeolus
Kephas, advierte:

En un medio ambiente predatorio, todo es
alimento para alguien más, entonces, ¿por qué asumir que esto no se
aplica en el campo de la conciencia o a nuestra interacción con esos
“espíritus” que residen en los enteógenos que consumimos, deseosos de
ser poseídos por Dios?

Según Juán García Atienza, un hombre que
investigó a fondo temas de lo que llamó “la otra realidad” sin perder
del todo la cordura, en los niveles de evolución consciente, ya no se
trata solamente de “una dependencia irracional e instintiva” sino de la
captación de una esencia que una especie consigue mediando su
inteligencia y voluntad, para seguir subsistiendo y finalmente escalar
la pirámide evolutiva hacia “los niveles superiores de conciencia
universal”.

En este plano escalar de la evolución cósmica no
existen las categorías morales del bien y el mal, existe un feroz
intercambio de energía. En un universo predatorio donde la energía
parece ser lo que define si una entidad puede continuar su existencia y
posiblemente seguir ascendiendo hacia un “extraño atractor” (el término
usado por Terence Mckenna para describir el magnetismo al final del
tiempo que impulsa a la evolución) no es de esperarse que abunde la
condescendencia moral. Si es que existen seres más evolucionados que
nosotros que actúan de manera que favorece nuestra propia evolución,
cual ángeles, seguramente lo hacen porque está conducta favorece su
propia evolución al aumentar, bajo un mecanismo de feedback, su nivel
energético.

Daniel Pinchbeck explica en su libro Breaking Open the Head las ideas del místico armenio George Gurdjieff:
Este
proceso transformador ocurre en etapas, en el tiempo. Creía que todo,
incluyendo los procesos psíquicos y los pensamientos, eran una forma
material –y todo lo material, era en cierta forma, sensible. “Todo a su
manera es inteligente y consciente”, dijo. “El grado de conciencia
corresponde a un grado de densidad o de velocidad de vibraciones. Entre
más densa la materia, menos consciente es”. En su perspectiva, el
universo funcionaba como un sistema de “mantenimiento recíproco”, donde
cada nivel de entidad se alimenta de las entidades inferiores. Los seres
humanos, las entidades orgánicas más conscientes de la Tierra, eran
alimento de los demiurgos por encima de ellos.

La misma idea en La Gran Manipulación Cósmica de Atienza:

Toda
la realidad cósmica es una constante acumulación de tensiones, de
causas y efectos, un toma y daca en el que cada entidad recibe su
esencia de otra y cede su energía para que, a su vez, sea utilizada por
otra entidad más evolucionada, la cual procura cuidar y conservar, por
su parte, la fuente de su propia supervivencia. Ese cuidado y esa
conservación suponen precisamente [una] manipulación.

La pregunta
de por qué no percibimos, al menos la mayoría de los humanos, a estas
hipotéticas entidades podría explicarse por esta manipulación. En muchos
casos es importante para el predador que la presa no sepa que está
merodeando en el perímetro. O al menos que no perciba que es una amenaza
para que siga haciendo lo que hace sin perturbarse. Un ejemplo de esta
manipulación es imaginado por Aeolus Kephas: estas inteligencias,
sugiere, pueden llegar incluso a utilizar a las plantas para coaccionar
al ser humano:

Los espíritus son inteligencias inorgánicas (que
podrían incluir a lo que llamamos las almas de los muertos). Siendo
inorgánicos o muertos no tienen acceso a la forma física sensible. Esta
es un área en la cual no estoy seguro al cien por ciento, ya que los
espíritus inorgánicos aparentemente pueden vivir en la materia orgánica,
de la misma forma que los seres elementales o las hadas, se dice,
pueden vivir en las rocas y en las plantas y demás. Puede ser que estos
espíritus busquen específicamente experimentar la existencia humana —y
hacer que seres humanos encarnados ingieran enteógenos sea una formar
para lograr esto. Cualquiera que sea el caso, aparentan desear no solo
congreso con sino ingreso a (y a través de) nuestra conciencia, lo cual
consiguen no solo accediendo a nuestras neuronas (al tiempo que son
“secuestradas” por los químicos psicoactivos) sino a toda la red a la
que estas neuronas están vinculadas.

Una de las más detalladas
descripciones de estos supuestas entidades que se alimentan del ser
humano es la desarrollada por Carlos Castaneda, en un principio
crípticamente, bajo el apelativo de los seres inorgánicos y luego, en El
Lado Activo del Infinito, más explícitamente con el nombre del
“depredador” y “los voladores” (que vinieron ”desde las profundidades
del cosmos” a gobernar nuestras vidas) . Algunos consideran que los
libros de Castaneda son ficción o que en muchos casos utiliza metáforas
cuando muchas personas lo toman literalmente. De cualquier forma es una
referencia ineludible en este tema. Castaneda pone en boca de Don Juán
Matus:

Ellos son los que establecieron nuestras esperanzas y
expectativas y los sueños de éxito o fracaso. Nos han dado la codicia,
la avaricia y la cobardía. Es el predador el que nos hace complacientes,
rutinarios y ególatra […] los depredadores nos dieron su mente, que se
convirtió en nuestra mente.

Esta última frase tiene ecos de la
filosofía gnóstica, donde los seres inorgánicos, voladores o
depredadores, son llamados Arcontes (los señores planetarios), que según
textos cristianos como los del Nag Hammadi, son una especie de
tricksters que crean realidad simuladas, duplicados en los que el ser
humano cae ilusoriamente como un pez muerde la carnada de un anzuelo. En
The Three Stigmata of Palmer Eldritch, Phillip K. Dick da voz a un
Arconte interplanetario que se infiltra en la mente individual y
colectiva de la humanidad:

Lo que quiero decir es que me
convertiré en todas las personas del planeta…Seré todos los colonos
mientras arriban y empiezan a vivir aquí. Guiare su civilización. Es más
seré su civilización.

En reiteradas ocasiones, no sabemos si de
manera metafórica, Gurdjieff mencionó que los seres humanos eran “comida
de la Luna”, tal vez en una resonancia con el sistema gnóstico en el
que los Arcontes son vistos como rectores planetarios, generalmente
siete (los siete planetas).

El investigador francés Jacques
Vallee, de forma similar, dice en su libro Messengers of Deception que
los extraterrestres (o cyborgs) provienen del sistema planetario local y
que “el fenómeno OVNI” es “un sistema de control espiritual” que se
comporta como “un proceso de condicionamiento” y que estas supuestas
entidades, más que utilizar máquinas (naves) estaría alterando nuestra
percepción o jugando con las leyes de la física que conocemos.

Esta
aparente manipulación de la que seríamos objeto, forjando un sistema de
creencias propenso a mantenernos como “carne de cañón”, podría explicar
tal vez la función que ha tenido la religión organizada en la histora
del hombre. Pensadores como Marx y Nietzsche advirtieron que la religión
funcionaba como una operación de manipulación psicológica destinada a
despojar al hombre de su poder personal, induciéndolo a un estado de
sopor y sumisión. Pese a esta remoción de la fuerza individual se
generaba una adoración de las entidades y mecanismos que propiciaban
dicho despojo. Incluso, por mucho tiempo, en numerosas culturas, se
sacrificaban animales y seres humanos para saciar el hambre de estas
entidades superiores. Pero, de existir estas entidades predatorias,
¿acaso no es justamente lo que les convendría, que pensáramos en ellas
como dioses? Y así nos estuviéramos sin sobresaltos en el “humanero” y
marcháramos sin resistencia al matadero.

En la Biblia en diversas
ocasiones se hace referencia a la divinidad (padre o hijo) como el
pastor, y al ser humano como el rebaño o el ganado. Los dioses griegos
también obtienen el epíteto, en las épicas homéricas, de “pastores de
hombres”. El pastor puede desarrollar cierto afecto por sus ovejas, pero
a fin de cuentas lo que hace siempre es manipular a su ganado para
obtener un alimento. Esta es la esencia de un pastor y un rebaño.

Ahora
bien si es que existen estas entidades, más allá de que presentan un
aspecto en primera instancia terrorífico y en segunda, y más importante,
representan un obstáculo insoslayable para la continuidad evolutiva del
ser humano y la libertad del individuo, esto es de ninguna manera algo
que deba tomarse a mal. En cierta forma, en el divino misterio del
universo, aquello que está por encima de nosotros, ángel o vampiro, es
lo que nos propulsa, nos jalonea hacia arriba, nos motiva a superar el
estadio actual de víctimas de la realidad predatoria.

Explica Castaneda en palabras de Don Juán:

Los
voladores son una parte esencial del universo… y deben ser tomados como
lo que realmente son – increíbles, monstruosos. Son el medio por el
cual el universo nos pone a prueba.

El maestro Gurdjieff hace la arenga:

Las posibilidades de evolucionar existen y se pueden desarrollar en individuos aislados…

Las
fuerzas que se oponen a la evolución de las grandes masas humanas
también se oponen a la evolución de cada hombre. Toca a cada uno
chasquearlas.

En cierta forma, si existen, estas entidades son
como los guardianes del Castillo –o del Paraíso: tanto la espada del
arcángel como la promesa de la serpiente… Como aquel irritante ujier que
impide la entrada a la Ley (divina) a la transpersonalización de Kafka
en El Proceso, son terribles, inmisericordes e insondables, pero también
imprescindibles si queremos acceder a esa realidad superior, a ese
misterio que nos llama desde la profundidad de nuestro espíritu, en la
que se disuelve el universo y la totalidad de la existencia. Están ahí,
al final del nivel, y definen si nos toca Game Over (y volver a empezar
en la rueda de las vidas) o alcanzamos el tálamo de la Princesa (el dote
de Gaia-Sophia).

Fuente: http://veritas-boss.blogspot.mx/2013/05/somos-el-alimento-de-los-dioses.html
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