Otherkin Hispano
Bienvenido/a a Otherkin Hispano.

Para beneficiarte de los servicios del foro como el visualizarlo completo, poder contestar y publicar temas, tener tu perfil personal, contactar con otros usuarios o dejar de ver la publicidad etc, recuerda registrarte. Estaremos encantados de contar con una persona más. Únete gratuitamente en unos pocos y simples pasos a la comunidad (recuerda presentarte después en el subforo correspondiente).
Si ya estás registrado, conéctate.


El yo es una ilusión que vive en una realidad virtual

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

vacio El yo es una ilusión que vive en una realidad virtual

Mensaje por Golden Spirit el Dom 09 Jun 2013, 12:40


El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su
entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real. Muy
probablemente, nuestro cerebro crea la experiencia del yo a partir de
una multitud de experiencias. Hoy sabemos que todo lo que experimentamos
se procesa en patrones de actividad neural que conforman nuestra vida
mental. Y no tenemos ninguna conexión directa con la realidad exterior.
Vivimos, pues, en una realidad virtual. Los colores, los sonidos, los
gustos y los olores no existen ahí afuera, sino que son atribuciones de
nuestra mente.

Estamos tan familiarizados y satisfechos con
la experiencia de nuestro yo que preguntarse si realmente ese yo existe.
La neurociencia moderna se plantea esa cuestión. Como ya decía la
filosofía hindú hace más de tres mil años, es maya, palabra del
sánscrito que significa engaño, ilusión o lo que no es.

En la
filosofía védica se acuñó la palabra Ahamkara, palabra compuesta de
Aham, que significa “yo” y kara que designa todo aquello que ha sido
creado. El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su
entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real.

Como
dice la psicóloga británica Susan Blackmore, la palabra ilusión no
significa que no exista, existe como fruto de la actividad cerebral que
al parecer genera esa ilusión en nuestro propio beneficio.

Cuando
nos levantamos por la mañana nuestro yo se despierta unido a la
consciencia. Vuelven los recuerdos del día anterior y los planes para el
futuro. En una palabra: nos convertimos en esa persona que
identificamos con la palabra “yo”. Todos nosotros tenemos la impresión
subjetiva de que dentro de nosotros se esconde la persona que llamamos
“yo” y que recibe todas las sensaciones, toma todas las decisiones,
recapacita, planifica, aprueba o rechaza.


El filosofo David
Hume decía: “Por mi parte, cuando entro más íntimamente en lo que llamo
mí mismo siempre tropiezo con alguna percepción particular de calor o
frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. En ningún momento puedo
nunca cogerme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar
nada excepto la percepción. Cuando desaparecen mis percepciones por
algún tiempo, como cuando estoy profundamente dormido, durante tal
tiempo estoy insensible a mí mismo y puede en verdad decirse que no
existo”.
Para Hume el yo no es más que un haz de percepciones. Veinticuatro siglos antes Buda había llegado a la misma conclusión.

La hipótesis del alma

Naturalmente
existe la hipótesis de un ente inmaterial, al que se le ha llamado
alma, que controlaría todas las funciones cerebrales. El problema es que
con ella no resolvemos nada.

Primero, porque el dualismo
siempre tuvo problemas para explicar cómo un ente inmaterial es capaz de
mover la materia sin tener energía, lo que violaría las leyes de la
termodinámica. En segundo lugar, porque la hipótesis del alma nos da una
explicación, pero invalida cualquier investigación ya que la creencia
en ella hace imposible cualquier esfuerzo por conocer cuáles son las
razones y los mecanismos de lo que hemos llamado la ilusión del yo.

Además, la hipótesis del alma no es una hipótesis científica porque no es ni confirmable ni falsable.

No
tenemos ninguna prueba de la existencia de algo permanente en nosotros
mismos. Todo lo que nos rodea y todo lo que somos, biológicamente
hablando, es efímero y perecedero.

A pesar de que el yo sea un
producto cerebral, no existe ningún lugar en el cerebro en el que pueda
localizarse. Muy probablemente, nuestro cerebro crea la experiencia del
yo a partir de una multitud de experiencias, tanto las que llegan a
través de nuestros sentidos como las que hemos almacenado en nuestra
memoria.

Sabemos que el cerebro construye un modelo del mundo
exterior y que teje las experiencias para formar una historia coherente
que le permita interpretar y predecir futuras acciones.

Generamos
una simulación del mundo exterior para anticipar lo que vamos a hacer
en él en el futuro y, de esa manera, asegurar la supervivencia. Esa
sería la razón por la que preferimos
un modelo de la realidad antes que la realidad misma.

Desconectados de la realidad

La
filosofía hindú también considera la realidad exterior como maya,
ilusión. Ya en el pasado se conocía que las llamadas cualidades
dependían del sujeto que las experimentaba, como afirmaba Descartes. Y
el filósofo Giambattista Vico lo expresa claramente en su libro La
antiquísima sabiduría de los italianos de la manera siguiente: “si los
sentidos son facultades, viendo hacemos los colores de las cosas,
degustándolas sus sabores, oyéndolas sus sonidos, y tocándolas, hacemos
lo frío y lo caliente”.

El filósofo empirista irlandés, el
obispo George Berkeley, decía que sólo conocemos lo que percibimos, de
manera que sus contemporáneos discutieron si cuando caía un árbol en el
bosque y nadie estuviera presente para escucharlo haría algún ruido.

Por
lo que hoy sabemos no habría ningún ruido, ya que el sonido no es
ninguna cualidad de la realidad absoluta, sino sólo de la nuestra. Los
colores, los sonidos, los gustos y los olores no existen ahí afuera,
sino que son atribuciones de nuestra mente.

Ahí afuera no
existen más que radiaciones electromagnéticas de distintas longitudes de
onda que incidiendo sobre nuestros receptores producen potenciales
eléctricos, los potenciales de acción, que son todos iguales provengan
del ojo, del oído, del gusto, del olfato o del tacto.
De ahí que la
lesión de la región cortical donde se procesa la visión cromática tenga
como resultado que el paciente se vuelva acromático y no sólo no vea
colores, sino que ni siquiera sueñe con ellos.

En la
construcción de ese mundo interior, si falta alguna información, el
cerebro la suple para generar una historia plausible aunque no sea
completamente exacta.

El cerebro crea el yo consciente

De
la misma manera, el cerebro crea el yo consciente, aunque aún no
sepamos cómo, y a partir de la actividad neuronal se pasa a un concepto
tan abstracto como ese.

El yo sería una construcción ilusoria
que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una
autonomía que no es real.

Tanto lo que llamamos yo como la
consciencia son construcciones cerebrales que encierran el gran problema
de la neurociencia, a saber, cómo se pasa de la actividad neuronal a
las impresiones subjetivas.

¿Qué sentido tendría esa ilusión del
yo? Se ha argumentado que la razón es simplemente la función de
predecir la conducta de los otros. Si creo que dentro de mí existe una
persona que se comporta como cualquier otra, puedo predecir el
comportamiento de los demás observando esa persona dentro de mí. La
autoconsciencia sería, pues, el invento del yo para saber qué harán los
otros.
más antiguas.

Y el psicólogo inglés, Nicholas
Humphrey, supone que nuestra capacidad de introspección puede haberse
desarrollado específicamente para construir modelos de la mente de otras
personas para poder predecir su conducta.

Esta última
afirmación nos llevaría a relacionar la auto-consciencia con las
neuronas espejo, que nos permiten “reflejar” en el cerebro actos
motores, pero también emociones e intenciones de los demás.

¿Sólo un yo?

Habría
que preguntarse si existe sólo un yo. No hace tanto tiempo se buscaba
afanosamente la memoria, asumiendo que era una sola entidad. Hoy sabemos
que hay distintos tipos de memoria con distintas localizaciones en el
cerebro.

Lo mismo ha ocurrido con la inteligencia, y hoy se
definen varios tipos de inteligencia. Por ello hay que preguntarse si no
ocurrirá lo mismo con el yo.

Ramachandran habla, por ejemplo,
de diversos yos, o al menos de distintos aspectos del yo, como por
ejemplo el sentido de unidad, la multitud de sensaciones y creencias, el
sentido de la continuidad en el tiempo, el control de las propias
acciones (esto último relacionado con el tema de la libertad o libre
albedrío), el sentido de estar anclado en el cuerpo, el sentido de la
propia valía, dignidad y mortalidad o inmortalidad.

Cada uno de
estos aspectos puede estar mediado por centros diferentes en distintas
partes del cerebro y que, por conveniencia, los agrupamos a todos en una
sola palabra: yo. Precisamente el aspecto más extraño de todos: el ser
consciente de uno mismo es lo que Ramachandran supone que depende de las
neuronas espejo.

La hipótesis de la relación de estas neuronas
con la auto-consciencia supondría que utilizamos las neuronas espejo
para mirarnos a nosotros mismos como si alguien lo estuviera haciendo. Y
el mismo mecanismo que se desarrolló para adoptar el punto de vista de
otro se volvió hacia adentro para mirar el propio yo. De manera que
“auto-consciente” sería ser consciente de otros siendo consciente de mí
mismo.


El yo como construcción cerebral

Que el yo
unificado puede ser una construcción cerebral lo muestran los
experimentos realizados por Roger Sperry (Nobel 1981) y Michael
Gazzaniga en sujetos con cerebro escindido o dividido.

En
pacientes que sufrían de epilepsia, con un foco en un hemisferio, y para
evitar que se crease un “foco especular” en el otro hemisferio,
cirujanos norteamericanos hace unas décadas seccionaban el cuerpo
calloso e incluso en algunos pacientes también la comisura anterior.

Los
experimentos mostraron que al hacerlo los cirujanos partieron
literalmente en dos el yo, ya que aparecieron dos personas distintas con
gustos y aficiones diversas y a veces contradictorias. En estos
pacientes podía ocurrir que una mano abriese un cajón y la otra
intentase cerrarlo.

Preguntado el hemisferio no parlante de uno
de estos sujetos, generalmente el derecho, que qué profesión quería
ejercer en el futuro, respondió, mediante la utilización de letras del
juego Scrabble, que quería ser corredor de fórmula uno, cuando el
hemisferio parlante había siempre afirmado querer ser diseñador gráfico.
Y el neurólogo Ramachandran tuvo un paciente que respondía con el
hemisferio izquierdo creer en Dios y con el hemisferio derecho ser ateo.


La división de las conexiones entre los dos hemisferios había
creado un segundo yo hasta ahora desconocido porque el yo del hemisferio
dominante o parlante se había considerado el único.


Resultados sorprendentes

Uno
de los resultados más sorprendentes de estos experimentos fue la
capacidad de interpretación del hemisferio izquierdo de la conducta
iniciada por el hemisferio derecho.
Si se le enviaba una señal al
hemisferio derecho que decía “andar”, el sujeto se ponía en marcha. Y
preguntado el sujeto verbalmente que por qué lo hacía, el hemisferio
izquierdo parlante respondía que iba a buscar una coca-cola, cualquier
otra excusa o simplemente que tenía ganas de hacerlo.

Este
fenómeno es algo parecido a lo que ocurre cuando se hipnotiza a una
persona y se le ordena, ya hipnotizado, que ande a cuatro gatas por la
alfombra. Si en ese momento el hipnotizador lo despierta y le pregunta
qué hace andando a cuatro gatas, el sujeto puede responder que porque se
le había caído una moneda.

El hemisferio izquierdo, cuando no
conoce las razones de la conducta del organismo, se inventa una historia
plausible para interpretarla. En otras palabras: para ese yo del
hemisferio izquierdo una historia plausible, pero falsa, es mejor que
ninguna.

Esta capacidad que llevó a su descubridor Michael
Gazzaniga a llamar al cerebro dominante “el intérprete” se ve aún más
claro en el siguiente experimento.

Si se le proyecta a uno de
estos pacientes un paisaje nevado al hemisferio derecho y la cabeza de
una gallina al hemisferio izquierdo y luego se le pide que elija con
cada mano entre varias imágenes que se les proyecta la que estuviese más
relacionada con lo que habían visto, la mano derecha, controlada por el
hemisferio izquierdo, elegía una gallina, y la mano izquierda,
controlada por el hemisferio derecho, una pala.

Pero si se le
preguntaba al paciente que por qué había elegido con la mano izquierda
una pala respondía que para limpiar la porquería del gallinero.

Engaños cerebrales

Para
el yo izquierdo, repito, es mejor tener una historia plausible, aunque
sea falsa, que no tener ninguna. La capacidad de suplir información que
falta por parte del cerebro es lo que constituye los engaños tanto
ópticos como de otro tipo a los que estamos acostumbrados.

Pensemos,
por ejemplo, cómo el cerebro cubre la información que falta en aquella
parte de la retina que no tiene receptores visuales por la salida del
nervio óptico, es decir, la mancha ciega que no se traduce en un
escotoma en el campo visual.

Antes hablamos de casos clínicos en los que se produce una fragmentación del yo o la pérdida de uno de sus aspectos.

Uno
de estos casos es la asomatognosia, o la falta de reconocimiento de una
parte del cuerpo, que suele ocurrir tras una apoplejía con extensas
lesiones de la corteza cerebral. La asomatognosia es una fragmentación
del yo.

Otro ejemplo es el síndrome de negligencia hemiespacial,
que ocurre por lesiones del lóbulo parietal derecho, en el que el
paciente ignora, o más bien no atiende, a la mitad izquierda de su campo
visual.

Otro síntoma que afecta al yo personal es la
anosognosia, o negación de la enfermedad. Un caso especial de
anosognosia es el síndrome de Anton, o inconsciencia de la ceguera.
Gabriel Anton describió uno de los primeros ejemplos de falta de
consciencia de la ceguera en 1899.

Generalmente, las tres
condiciones: asomatognosia, negligencia hemiespacial y anosognosia
suelen ocurrir juntas por lesiones del hemisferio derecho.

Límites del yo personal

Los
límites del yo personal son más dinámicos que rígidos. Hay cosas
ego-cercanas, como el propio cuerpo, la mujer o el marido, los miembros
de la familia. Por otra parte, los objetos que no tienen un significado
especial para nosotros son considerados ego-distantes.

Ejemplos
de alteraciones de las relaciones del yo son los fenómenos conocidos
como déjà vu y jamais vu, o sea ya visto y jamás visto, en los que el
paciente tiene la impresión de haber visto ya algo que no ha podido ver
antes, o lo contrario, la impresión de no haber visto nunca algo que sí
conoce. Esto está en relación con el sentido de familiaridad, sentido
emocional que depende del sistema límbico, concretamente de la amígdala.


El individuo sano tiene una relación integrada y normal con el
mundo. Nuestras relaciones con el mundo y con otras personas están en un
equilibrio delicado y ese equilibrio se mantiene de manera automática e
inconsciente. No somos conscientes de él hasta que no es violentado.

En
1923, el psiquiatra francés Jean-Marie Joseph Capgras describió un
caso, el de Madame M., una mujer de 53 años que se quejaba que
impostores habían sustituido a su marido, a sus hijos e incluso a ella
misma. Su marido había sido asesinado y los impostores lo habían
sustituido por otra persona. A este fenómeno lo llamó “l’illusion de
sosies’.

El síndrome de Capgras está probablemente generado por
la pérdida de la conexión entre el reconocimiento de caras, localizado
en el sistema límbico, especialmente la amígdala, que le da
significación emocional a los estímulos sensoriales. El paciente
reconoce las caras, pero no son familiares para él, por lo que supone
que son impostores o dobles.

Cuatro años tras la publicación del
síndrome de Capgras, dos médicos franceses, Courbon y Fail, publicaron
un artículo titulado: “El síndrome de la ilusión de Frégoli y la
esquizofrenia”. Courbon y Fail le dieron este nombre por Leopoldo
Frégoli, famoso actor italiano en Francia por su extraordinaria
capacidad de imitación. Estos pacientes encontraban a personas a su
alrededor conocidas, aunque nunca las habían visto antes, es decir, lo
contrario que los pacientes con síndrome de Capgras. El síndrome de
Frégoli puede interpretarse como una super-relación con otras personas y
en ese sentido se parece al fenómeno del déjà vu.

Un yo maleable

Los
límites del yo son maleables, no son rígidos. Al yo se le ha comparado
con una ameba que cambia su forma y sus márgenes. Un ejemplo de ello es
lo que ocurre con los experimentos que utilizan una mano de goma. Si se
oculta la mano izquierda de un sujeto y se acarician simultáneamente la
mano izquierda y la mano de goma con un punzón o pincel, al cabo de unos
minutos el sujeto siente que la mano de goma forma parte de su cuerpo.
La fusión de la información táctil y visual en el cerebro crea esa
ilusión.

Las memorias de todas las experiencias de la vida son
muy importantes para la creación y mantenimiento del yo. Nuestra
identidad es la suma de nuestros recuerdos, pero esos recuerdos se
modifican por el contexto en el que se producen y, a veces, simplemente
son confabulaciones. Con otras palabras: no podemos fiarnos
completamente de ellos, de manera que el propio yo queda en entredicho.
Por otra parte, sin un sentido del yo los recuerdos no tienen ningún
sentido y, sin embargo, ese yo es un producto de nuestros recuerdos.

Dos tipos de yo

Personalmente
pienso que existen al menos dos tipos de yo o de consciencia: una a la
que llamo “consciencia egoica”, que es la consciencia normal que solemos
tener en la vigilia, nuestra capacidad lógico-analítica. Y una segunda
consciencia que llamo “consciencia límbica” que es la que nos permite
acceder a una especie de “segunda realidad”, que es a la que llega el
chamán, o el místico, mediante ciertas técnicas y que genera la
sensación de trascendencia.

La llamo consciencia límbica
porque se debe a la hiperactividad de determinadas estructuras límbicas
que se encuentran en la profundidad del lóbulo temporal. Su estimulación
eléctrica o magnética es capaz de producir experiencias llamadas
espirituales, religiosas, numinosas o de trascendencia. Ambas
consciencias son antagónicas y una condición para que se produzca esta
última es la anulación de la consciencia egoica, algo que conoce hace
siglos la filosofía oriental.

Es de suponer que la consciencia
egoica es dependiente de estructuras cerebrales más modernas, mientras
que la consciencia límbica supone la dependencia de estructuras más
antiguas pertenecientes al cerebro emocional.

En resumen: el yo,
como construcción cerebral, no tiene una localización exacta en el
cerebro y es posible que existan distintos tipos de yo o de consciencia.
Sus límites no son fijos y tanto ciertos experimentos como la patología
nos muestra su fragilidad. Llama la atención el hecho de que
atribuyamos al yo la mayoría de la actividad cerebral, cuando en
realidad el yo racional es una instancia tardía en comparación con el
inconsciente que gobierna la inmensa mayoría de nuestra actividad
cerebral al servicio de la supervivencia.

Falta conocer por qué es generado ese yo unificado por el cerebro, y cuál es su función.


[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
avatar
Golden Spirit

Transhumano. En algún aspecto siente ser algo más que un ser humano (pero por alguna razón no se identifica o no siente plena comodidad con los términos otherkin/therian)

Capaz de hacer desplazamientos (cambios de "forma"). Seres "cambiadores", polimorfos (polymorph), transmorfos, almas "cambiadoras", hombres lobo ('weres' en general), etc (Shapeshifters)

Energía y Espíritu (Diversas formas)
Mensajes : 5824
Desde : 29/01/2010
España Femenino Admin

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.