Chamanismo

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vacio Chamanismo

Mensaje por simba68 el Miér 08 Sep 2010, 03:06

Hola:
He encontrado este artículo y he pensado en compartirlo con todos vosotros.


Friothjof Schuon, uno de los sabios musulmanes de más renombre en
el siglo XX, discípulo de Guenon y maestro de Martin Lings, fue
adoptado en 1959 por la tribu de los Sioux y recibió su nombre
del célebre hombre-medicina Alce Negro.


La palabra "Chamanismo" se emplea aquí para indicar las tradiciones de origen
prehistórico propias de los pueblos mongoloides, incluidos los indios
norteamericanos. En Asia, el chamanismo propiamente dicho no sólo lo
encontramos en Siberia, sino también en el Tibet -en la forma del Bön Po-, en
Mongolia, Manchuria y Corea; la tradición china prebúdica, con la rama
confuciana y la taoísta, está igualmente entroncada con esta familia tradicional, y
lo mismo ocurre en el Japón, donde el chamanismo originó esa tradición
particular que es el Shinto. Todas estas doctrinas se caracterizan por la
oposición complementaria de Tierra y Cielo y por el culto a la naturaleza,
considerada ésta en el aspecto de su causalidad esencial y no de su
accidentalidad existencial; se caracterizan asimismo por cierta parsimonia en la
escatología -muy manifestada incluso en el Confucianismo- y sobre todo por la
función central del chamán, desempeñada en la China por los taotsé y en el Tibet
por los lamas adivinos y exorcistas. Si mencionamos aquí la China y el Japón no
es para englobar simplemente sus tradiciones autóctonas en el chamanismo
siberaniano, sino para situarlas respecto de la tradición primitiva de la raza
amarilla, tradición de la que el chamanismo es la prolongación más directa y
también, hay que reconocerlo, la más desigual y ambigua. Esta última
observación sugiere la necesidad de preguntarse cuál es el valor espiritual del
chamanismo siberiano y del americano; la impresión general es que en ellos se
encuentran los niveles más diversos, pero lo cierto es que entre los pieles rojas
-pues de ellos hablaremos aquí- se ha mantenido algo primigenio y puro, pese a
todos los oscurecimientos que se le hayan podido superponer en determinadas
tribus y acaso sobre todo en un pasado relativamente reciente.

Los documentos que dan testimonio de la calidad espiritual de los indios
pieles rojas son numerosos. Un blanco capturado en su primera infancia por los
indios, y que -a comienzos del siglo XIX- vivió hasta los veinte años entre tribus
(Kíckapu, Kansas, Ómaha y Ósage) que jamás había tenido el más mínimo
contacto con ningún misionero, decía: "Es cierto que admiten -al menos los que
yo conocía- un Ser Supremo o el Dador de Vida, que ha creado todas las cosas
y las rige. Creen en general que, tras haber formado los terrenos de caza y
haberlos llenado de animales, creó al primer hombre y a la primera mujer pieles
rojas, que eran de gran estatura y tenían una vida muy larga; que con ellos
celebraba consejos y fumaba dándoles leyes que debían observar, y que les
enseñó cómo conseguir la caza y cómo cultivar el maíz; pero que a causa de su
desobediencia s alejó de ellos y los abandonó a las vejaciones del Espíritu
Maligno, que desde entonces ha sido causa de todas sus desdichas. Creen que
el Gran Espíritu es de carácter demasiado sublime para ser autor directo del mal
y que, pese a las ofensas de sus hijos pieles rojas, les sigue enviando todas las
bendiciones que disfrutan; en respuesta a esta solicitud para con ellos, los indios
son realmente filiales y sinceros en sus devociones y le imploran las cosas que
necesitan y le dan las gracias por lo que han recibido... En todas las tribus que
visité encontré la creencia en un estado futuro de existencia, con sus futuros
premios y castigos... Esa convicción de tener que rendir cuentas al Gran Espíritu
hace que los indios sean generalmente escrupulosos y fervientes en sus
creencias y observancias tradicionales, y es digno de observarse que, con
respecto a las cosas sagradas, no se encuentra en ellos ni frialdad, ni
indiferencia ni hipocresía...".

Otro testimonio, de fuente cristiana esta vez, es el que sigue: "La
creencia en un Ser Supremo está firmemente arraigada en la cultura de los
Chíppewa. Este Ser, denominado Quiché Mánito o Gran Espíritu, estaba muy
lejos de ellos. Raramente se le dirigían oraciones directas a él sólo, y no se le
ofrecían sacrificios más que en la fiesta de los iniciados Midewiwin. Mis
informadores hablaban de él en tono de sumisión y de extrema reverencia. "El ha
puesto todas las cosas en la tierra y cuida de todo", añadió un anciano, el
hombre medicina más poderoso de la reserva del lago Short Ear. Una vieja de la
misma reserva afirmaba que los antiguos indios, al rezar se dirigían primero a
Quiché Mánito y luego "a los demás grandes espíritus, los Quitchí Mánito, que
habitan en los vientos, la nieve, el trueno, la tormenta, los árboles y todas las
cosas". Un viejo chamán de la tribu Bermejo (Vermilion) estaba seguro de que
"todos los indios del país conocían a Dios mucho antes de llegar los blancos;
pero no les pedían cosas particulares como hacen desde que son cristianos. Los
favores los esperaban de sus protectores particulares". Menos poderosas que
Quiché Mánito eran las divinidades que habitaban la naturaleza y los espíritus
guardianes... Que los Chíppewa creían en la vida después de la muerte lo hacen
evidente sus costumbres de sepultura y duelo, pero hay además entre ellos una
tradición según la cual, después de la muerte, los espíritus van hacia el oeste,
"hacia el lugar donde se oculta el sol" o "hacia las praderas donde se hallan los
campamentos de la bendición y la felicidad eternas".

Puesto que el punto de vista del autor no es compatible con el
evolucionismo -por no decir otra cosa-, no encontrará aquí el lector ni asomo de
creencia en un origen de las religiones tosco y pluralista, ni tampoco razón
alguna para poner en duda el aspecto "monoteísta" de la tradición de los indios,
y menos aún si tenemos en cuenta que el "politeísmo" puro y simple nunca es
otra cosa que una degeneración, luego un fenómeno relativamente tardío, y en
todo caso mucho menos extendido de lo que suele creerse. El monoteísmo
primigenio nada tiene de específicamente semítico y más bien es un
"panmonoteísmo"; si no, no hubiera podido derivar de él el politeísmo. Tal
monoteísmo subsiste, o ha dejado huellas, entre pueblos de índole muy diversa,
entre ellos los pigmeos del África. En las Américas, los fueguinos, por ejemplo,
conocen un sólo Dios, que habita más allá de las estrellas, que no tiene cuerpo
ni duerme; las estrellas son sus ojos; siempre ha existido y nunca perecerá; ha
creado el mundo a los hombres les ha dado reglas de acción. Entre los indios
de América del Norte -tanto los de las llanuras como los de los bosques- se
afirma de manera sin duda menos exclusiva la Unidad Divina, y en algunos casos
incluso parece estar velada, pero nada hay en ellos de estrictamente equiparable
al politeísmo antropomórfico de los antiguos europeos Cierto es que hay varios
"Grandes Poderes" (Wakan Tanka), pero tales poderes, o están subordinados a
un Poder Supremo que se parece mucho más a Brahma que a Júpiter, o bien se
los considera una totalidad o una Sustancia sobrenatural de la que nosotros
mismos somos partes, según nos explicó un sioux. Para comprender este último
punto, que sería panteísmo si sólo a eso se redujese todo el concepto, conviene
saber que las ideas sobre el Gran Espíritu se vinculan, o a la realidad
"discontinua" de la Esencia, lo que implica trascendentalismo, o bien a la
realidad "continua" de la Sustancia, lo que implica panenteísmo; en la conciencia
de los pieles rojas, no obstante, la relación de Sustancia tiene más importancia
que la relación de la Esencia. Se habla a veces de un Poder mágico que anima
todas las cosas, incluidos los hombres, denominado Mánito (algonquino), u
Orenda (iroqués), y que se coagula -o se personifica, según los casos- en las
cosas y los seres, incluidos los del mundo invisible y anímico, y que se cristaliza
asimismo en relación con determinado sujeto humano en cuanto totem o "ángel
custodio" (el órayon de los iroqueses). Todo ello es exacto, aunque con la
reserva de que la calificación de "mágico", que se usa a veces en este contexto,
es del todo insuficiente, e incluso errónea en el sentido de que define una causa
mediante un efecto parcial. Sea lo que fuere, lo que es importante recordar es
que, aunque el teísmo piel roja no es un pluralismo de tipo mediterráneo y
"pagano", tampoco coincide exactamente con el monoteísmo abrahámico, sino
que representa más bien una teosofía un tanto "fluida" -en ausencia de Escritura
sagrada- y emparentada con las concepciones védicas y extremo-orientales.
También es importante advertir la insistencia de la perspectiva india en los
aspectos "vida" y "poder", insistencia bien característica de una mentalidad
guerrera y más o menos nómada.

Algunas tribus -sobre todo algoquinos e iroqueses- distinguen entre el
demiurgo y el Espíritu Supremo; tal demiurgo suele tener un papel que linda con
lo burlesco, o incluso con lo luciferino. Tal concepto de Poder creador, y del
dispensador primigenio de las artes, dista mucho de ser exclusivo de los pieles
rojas, como lo prueban, por poner sólo un ejemplo, las mitologías del mundo
antiguo, en las que las fechorías de los titanes corren parejas con las de los
dioses. En lenguaje bíblico, diremos que no hay paraíso terrenal sin serpiente, y
que sin ésta no hay caída ni drama humano, ni reconciliación alguna con el
Cielo. Como la creación, a pesar de todo, es algo que se aleja de Dios,
necesariamente tiene que haber en ella una tendencia deífuga, de modo que la
creación se la puede considerar en dos aspectos, divino uno y demiúrgico o
luciferino el otro. Los pieles rojas mezclan los dos aspectos, y no son los únicos
que lo hacen: recordemos tan sólo, en la mitología japonesa, al dios Susano-o,
genio turbulento del mar y la tormenta. En resumen, el demiurgo (llamado
Nanabozho, Mishabozho o Napi por los algoquinos, y Tharonhiawagon por los
iroqueses) no es otro que Mâyâ, principio proteico que engloba a un tiempo a la
potencia creadora y el mundo, y que es la natura naturans así como la natura
naturata: Mâyâ está más allá del bien y del mal, expresa tanto la plenitud como
la privación, lo divino y lo demasiado humano, incluso lo titanesco y lo
demoníaco, y de ahí una ambigüedad que a un moralismo sentimental le cuesta
comprender.

Por lo que a la cosmología se refiere, para el indio no hay realmente
creatio ex nihilo, sino más bien una especie de transformación. En un mundo
celestial situado por encima del cielo visible vivían en el principio unos seres
semidivinos, los personajes prototípicos y normativos que el hombre terrenal
debe imitar en todo. En aquel mundo celestial no había más que paz; pero hubo
un momento en que algunos de aquellos seres sembraron la discordia, y
aconteció entonces el gran cambio: fueron exilados en la tierra y se convirtieron
en antepasados de todas las criaturas terrenales. Algunos, sin embargo,
pudieron permanecer en el Cielo, y son los genios de toda actividad esencial
como la caza, la guerra, el amor o el cultivo. Lo que denominamos "creación",
por consiguiente, es sobre todo para el indio cambio de estado, o un descenso;
esta perspectiva "emanacionista" en el sentido positivo y legítimo del término, se
explica aquí por el predominio que en los indios tiene la idea de la Sustancia,
esto es, de realidad "no discontinua". Es la imagen de la espiral o la estrella, no
la de los círculos concéntricos, que son discontinuos con respecto al centro,
aunque esta última perspectiva no haya que perderla nunca de vista: las dos
imágenes se complementan, pero el énfasis se pone a veces en una y a veces
en otra.

¿Cuál es el significado exacto y concreto de esa idea india de que todo
está "animado"? En principio, y metafísicamente, significa que, sea cual sea el
objeto considerado, sale de su centro existencial un rayo ontológico hecho de
"ser", "conciencia" y "vida" por el cual, a través de su raíz sutil y anímica,
permanece unido a su prototipo luminoso y celestial; de ello se sigue que, en
principio, podamos alcanzar las Esencias celestiales a partir de una cosa
cualquiera. Las cosas son las coagulaciones de la Sustancia divina, mientras
que la Sustancia -y esto es crucial- no se ve afectada en lo más mínimo por esos
accidentes. La Sustancia no es las cosas, pero las cosas son Sustancia, y ello
en virtud de su existencia y sus cualidades; ese es el sentido profundo del
animismo polisintético de los pieles rojas, y es esa conciencia aguda de la
homogeneidad del mundo fenoménico lo que explica su naturalismo espiritual, y
también su negativa a separarse de la naturaleza y entrar en una civilización
forjada de artificios y servidumbres, y que lleva en su seno los gérmenes de la
petrificación y de la corrupción. Para el indio piel roja, como para los pueblos del
extremo oriente, lo humano se encuentra en la naturaleza y no fuera de ella.


Última edición por Golden Goddess el Miér 08 Sep 2010, 04:59, editado 1 vez (Razón : Título el minúscula ;))
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En algún aspecto siente ser algo más que un ser humano

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