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Antepasados no tan limpios

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vacio Antepasados no tan limpios

Mensaje por Enkidu el Vie 31 Jul 2015, 21:17

La caída del Imperio Romano mermó las costumbres sanitarias en Europa, y la primera víctima fueron los baños públicos, que dejaron de ser mantenidos por el estado, y en algunos casos, como el de las Termas de Caracalla en la capital, fueron abandonadas después de que en una invasión en el año 537, los godos destruyeron el acueducto que le proveía de agua. En Bath, en Britannia, los famosos baños que dan a la ciudad su nombre cayeron en el desuso por falta de mantenimiento, hasta que en el siglo VI fueron destruidos por tribus anglo-sajonas (para ser reconstruidos siglos después).



La fragmentación política de Europa Occidental, el nacimiento de decenas de pequeños reinos a manos de líderes locales o de antiguos generales romanos y las rivalidades entre los nuevos entes, obligó durante un tiempo a enfocar todos los recursos de los estados al mantenimiento de fuerzas militares, y nada o casi nada a satisfacer las necesidades sanitarias de la población. Era más importante comer y mantenerse con vida que lavarse. Hubo algunas excepciones, como en Bizancio que mantuvo las estructuras del imperio durante varios siglos más, y en la España musulmana, donde los árabes renovaron el culto a la limpieza. Tampoco ayudó el hecho de que la Iglesia Cristiana viera con malos ojos la costumbre de bañarse en público, y peor aún, desnudos, y poco a poco se establecieron reglas para desechar la tradición, pues esta llevaba a “la inmoralidad, el sexo promiscuo y la enfermedad”. La gente siguió lavándose, sí, pero con menos frecuencia, y en privado.

La Peste Bubónica


Las cosas mejoraron un poco cuando los cruzados importaron de Tierra Santa los baños turcos, pero su popularidad no duró mucho tiempo. Cuando la Peste golpeó Europa en el siglo XIV, el rey Francisco I de Francia pidió a sus consejeros que realizaran un estudio de las causas que provocaban la enfermedad. Los expertos de la Sorbona llevaron a cabo la investigación y resolvieron que el problema eran precisamente los baños de vapor que los cruzados habían traído, pues abrían los poros de la piel y, según ellos, por ahí entraba la enfermedad. El monarca proscribió dichos baños. El problema fue que la población en general poco o nada entendía de enfermedades o de soluciones y prefirió dejar de usar el agua para lavarse. No podían haber cometido peor error, pues las pulgas que transferían la enfermedad de las ratas a los humanos eran atraídas precisamente por el dulce aroma del sudor humano. La Peste pasó, dejando uno de cada tres europeos muertos, y la mitad en el medio oriente, pero el miedo al agua permaneció en las mentes durante siglos.



Renacimiento.


Se puede pensar que, como en muchos otros aspectos, el Renacimiento recuperó las costumbres higiénicas del periodo clásico, pero según Katherine Ashenburg, no ocurrió así. De hecho, según la autora, “las clases medias y altas temían al agua, pues pensaban que debilitaba el cuerpo, y desde el Renacimiento y hasta el final del siglo XVIII, se bañaban tan poco como los campesinos o los urbanitas pobres”. No obstante, al menos las mujeres, se preocupaban mucho por su apariencia y olor, por lo que los perfumes y cosméticos disfrutaron de un renacido auge, utilizando esencias de flores, aceites y raíces, especialmente en Italia y Francia.

Luis XIV.


Célebre por centralizar el poder en Francia, por auto-adjudicarse la soberanía del estado y por la fastuosidad de su corte, el Rey Sol no se distinguió precisamente por su limpieza, todo lo contrario. Un embajador ruso en su corte relataba que Luis “apestaba como un animal salvaje”, y por una simple razón, sus médicos le aconsejaban que para mantener la salud debía bañarse lo menos posible. Luisrenegó de los baños durante toda su vida, y según su propia admisión, su cuerpo sólo recibió una limpieza al completo el día que nació. Eso sí, parece que al final de su vida le entraron ínfulas de limpieza, pues en 1715 ordenó que las heces en los pasillos de Versalles, debían recogerse una vez por semana…Luis no fue el único monarca famoso por su rechazo de la higiene. La Reina Elizabeth I de Inglaterra decía que ella se bañaba una vez al mes, aunque no le hiciera falta. James I, su sucesor, se lavaba solamente los dedos y en España, la Reina Isabel no se distinguió por su amor a los baños, y según algunas fuentes, sólo se bañó el día que nació y el día de su boda, aunque parece ser que la supuesta promesa de no cambiarse la camisa hasta que conquistara Granada tiene poco de cierto. Otro ejemplo del gusto por la pestilencia no lo deja Napoleón Bonaparte, quien en una carta a su querida Josephine escribió: Vuelvo a casa en tres días; no te bañes”.



La Camisa de Lino.



En el siglo XVII, especialmente en Europa Occidental, surgió la idea de que una camisa de lino era no sólo suficiente, sino lo más adecuado para mantener el cuerpo limpio. Sus defensores argumentaban que la prueba estaba en que los puños y los cuellos de la camisa absorbían toda la suciedad y mostraban como evidencia dichas partes, que todos hemos comprobado se ensucian más que el resto de una prenda. Pero eso no quiere decir que “absorbieran” toda la suciedad. Según Katherine Ashenburg, la autora del libro La Suciedad en Limpio, el arquitecto parisino Louis Savot construyó una serie de mansiones para clientes adinerados. Al mostrarlas, una mujer le preguntó dónde estaban los baños, y aquel respondió que no hacían falta. La mujer le interpeló nuevamente – ¡pero si los griegos y los romanos tenían baños!, a lo que el arquitecto respondió – es que ni griegos ni romanos conocían las propiedades higiénicas del lino.

Época Moderna.




La Revolución Industrial vio la irrupción de muchos avances tecnológicos en Europa Occidental, pero la higiene parece no haber disfrutado de sus ventajas. No fue sino hasta el siglo XIX que, muy probablemente debido al advenimiento de la medicina moderna y los conceptos modernos de sanidad, la sociedad entendió que la higiene personal no era un lujo, sino una necesidad. A pesar de que el científico árabe Ziryab introdujo una forma de desodorante en el siglo IX en la Península Ibérica, este no tuvo éxito, y tuvimos que esperar hasta 1888 cuando el primer desodorante producido comercialmente apareció en las estanterías de los almacenes; la marca aún existe: MUM. Otra costumbre de la antigüedad que había desaparecido fue la de la depilación, que volvió a ponerse de moda en las primeras décadas del siglo XX. En 1857, el estadounidense Joseph Gayetty introdujo el primer papel de baño moderno, con su marca estampada en cada hoja, y con el primer eslogan de mercadotecnia en este tipo de productos: “La mayor necesidad de nuestro tiempo!

¡Y qué decir de las ciudades! Basta con leer a Charles Dickens para apreciar, o aborrecer, el cúmulo de focos de infección que representaban los canales de desagüe abiertos, las siempre presentes ratas, y el hacinamiento de humanos y animales, producto del acelerado crecimiento de las ciudades a partir de la Revolución Industrial. En Sketches by Boz, el reconocido autor describe uno de los barrios bajos londinenses:

Casas precarias con ventanas rotas, parcheadas con trapos y papel; cada habitación ocupada por una familia diferente y, en muchos casos, por dos y hasta tres…suciedad por todas partes – una canaleta frente a cada casa y un desagüe por detrás – ropas secándose y desechos secándose en las ventanas; niñas de catorce o quince, con el pelo apelmazado, caminando descalzas, y vestidas en gabanes, casi su única prenda; niños de todas las edades, en abrigos de todos los tamaños o sin nada, hombres y mujeres, en toda variedad de exiguas y sucias prendas, holgazaneando, regañando, riñendo, peleando y hablando soezmente.

Fue el mismo Dickens quien inició una de las primeras campañas para terminar con las condiciones paupérrimas de muchos de sus conciudadanos. En el prefacio de su novela Martin Chuzzlewit en noviembre de 1849, defendió el uso de la literatura en el activismo social: “En todos mis escritos, espero haber aprovechado todas las oportunidades posibles para demostrar el deseo de mejoras sanitarias en las residencias descuidadas de los pobres”.



Para principios del siglo XX, la actitud de la población había cambiado lo suficiente como para presionar a los políticos y obligarlos a resolver el problema sanitario en las ciudades. Al mismo tiempo, los médicos comenzaron a recomendar la higiene personal como principal método para evitar infecciones y enfermedades. Las infraestructuras mejoraron y con ellas los hábitos de limpieza. Europa volvía a ver la luz en el tema de la higiene.

Pero no todo es motivo de celebración. En el mundo menos desarrollado, la falta de recursos, principalmente de agua, es una de las principales causas de la mortalidad infantil. Algo incomprensible cuando la tecnología y la ciencia no son parcas en soluciones. Este, en mi opinión, es uno de los mayores retos a los que se enfrenta nuestra sociedad actual, pues poca esperanza de superación tienen los menos afortunados cuando no disfrutan de las mínimas condiciones sanitarias. Por otra parte, existen iniciativas que en las últimas décadas han mejorado la situación de millones de personas, pero aún quedan muchas sin atención. Veremos cuánto tarda nuestra sociedad en solucionarlo.
 
Fuente: http://www.cienciahistorica.com/2015/01/30/nuestros-antepasados-no-tan-limpios/
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